A diferencia de lo que se ha pensado durante décadas, la fertilidad no es una cuestión exclusivamente femenina. Hoy sabemos que cuando una pareja tiene dificultades para concebir, en torno al 40% de las causas están relacionadas con el varón. Sin embargo, sigue siendo un problema infradiagnosticado. Muchos hombres no se evalúan, no consultan y no son conscientes de que su fertilidad también refleja su estado de salud.
En consulta lo vemos con frecuencia. Hombres jóvenes o de mediana edad que aparentemente están bien, pero cuya calidad espermática ha empeorado. No siempre hay síntomas evidentes. No hay dolor, no hay señales claras. Por eso la fertilidad masculina se convierte en un indicador silencioso de lo que está ocurriendo a nivel metabólico, hormonal y de estilo de vida.
La fertilidad masculina como marcador de salud
El espermatozoide es una célula extremadamente sensible al entorno biológico. Su producción depende del equilibrio hormonal, del estado metabólico, de la calidad del sueño, del estrés y del ambiente inflamatorio en el que vive el organismo. Cuando ese entorno se altera, la calidad espermática se resiente.
No hablamos solo de cantidad. Hablamos de movilidad, de morfología y de integridad genética. Es decir, no basta con producir espermatozoides; importa cómo son y cómo funcionan. En los últimos años se ha observado un descenso progresivo de estos parámetros en la población general, lo que ha puesto el foco en factores que antes se consideraban secundarios.
En este contexto, la fertilidad deja de ser un tema reproductivo aislado y pasa a entenderse como un reflejo de la salud global del varón.
Una vida biológicamente prooxidante
Uno de los conceptos clave para entender este fenómeno es el estrés oxidativo. El organismo genera radicales libres de forma natural, pero necesita sistemas antioxidantes para equilibrarlos. El problema aparece cuando el estilo de vida empuja continuamente hacia un entorno prooxidante que el cuerpo no consigue compensar.
Ese entorno no depende de un único factor. Es acumulativo. Influyen el estrés crónico, el sueño insuficiente, la mala calidad nutricional, la exposición a tóxicos, el alcohol, el tabaco o la contaminación ambiental. También influyen aspectos menos evidentes, como déficits de micronutrientes esenciales o una recuperación insuficiente tras el ejercicio.
Cuando ese desequilibrio se mantiene en el tiempo, afecta directamente al tejido testicular y a la calidad del esperma. La oxidación sostenida daña membranas celulares, altera la movilidad espermática y puede comprometer la integridad del ADN.
Los dos perfiles del riesgo: del sedentarismo al exceso de "salud"
Lo curioso es que este ambiente prooxidante no solo afecta al perfil de hombre que tradicionalmente asociamos con la mala salud. En consulta nos encontramos con dos extremos aparentemente opuestos que comparten un mismo resultado: una calidad seminal deficiente.
Por un lado, tenemos al perfil sedentario con alteraciones metabólicas. Es el varón con resistencia a la insulina, exceso de grasa visceral y una inflamación de bajo grado constante. En este escenario, el tejido adiposo no es solo una reserva de energía, sino un órgano endocrino que altera el equilibrio entre estrógenos y testosterona. El exceso de glucosa y la inflamación sistémica crean un entorno hostil para la espermatogénesis. Aquí, la solución pasa por una reparación metabólica profunda que devuelva al cuerpo la capacidad de gestionar la energía y reducir la carga inflamatoria.
En el otro extremo, encontramos un perfil que ha ganado mucha relevancia en los últimos años: el hombre hiperactivo o el "atleta" mal compensado. Es ese varón que pertenece al llamado “club de las cinco de la mañana”, que entrena con una intensidad altísima todos los días, que encadena ayunos prolongados sin una estructura nutricional adecuada y que vive bajo una presión laboral constante. A ojos de la sociedad, es alguien "sano", pero su biología dice lo contrario.
Este ritmo de vida mantiene el cortisol (la hormona del estrés) permanentemente elevado. El cortisol alto es el enemigo natural de la testosterona; cuando el cuerpo interpreta que estamos en un estado de supervivencia o de lucha constante, prioriza la gestión del estrés frente a la reproducción. El resultado es un declive hormonal, una menor testosterona libre y, por tanto, una fábrica de esperma que trabaja a medio gas.
La importancia del entorno hormonal y metabólico
La producción de espermatozoides no depende únicamente del sistema reproductivo. Está profundamente ligada al metabolismo y al sistema hormonal. Alteraciones en la gestión de la glucosa, en el perfil lipídico o en el equilibrio androgénico pueden modificar la calidad seminal incluso en ausencia de enfermedad diagnosticada.
Muchas veces no hablamos de patología, sino de estados subóptimos que se mantienen durante años. Dormir mal, vivir con estrés constante, entrenar sin recuperación adecuada o tener carencias nutricionales son factores que, sostenidos en el tiempo, impactan en la espermatogénesis.
Esto explica por qué la fertilidad masculina no puede abordarse desde una mirada aislada. Requiere entender el organismo como un sistema integrado.
Una ventana de oportunidad que muchos desconocen
Un aspecto clave es que la espermatogénesis es un proceso dinámico. Aproximadamente cada 70-75 días se genera una nueva población de espermatozoides. Esto significa que el estilo de vida de hoy influye directamente en la calidad espermática de los próximos meses.
Esta idea cambia el enfoque. La fertilidad no es un destino fijo, sino un proceso modificable. Intervenir sobre el sueño, el estrés, la nutrición, la actividad física o el estado metabólico puede traducirse en mejoras reales en un periodo relativamente corto.
Por eso, más que buscar soluciones rápidas, el objetivo es crear un entorno biológico favorable que permita que el proceso ocurra correctamente.
Abordaje con visión integrativa
En Clínica Keval no nos conformamos con un seminograma que diga "normal" según los estándares de la OMS, buscamos la optimización completa. Queremos que el varón recupere su vitalidad metabólica y hormonal, porque un hombre sano es, por definición, un hombre fértil.
Este es el primer paso para cualquier pareja que esté buscando un embarazo. Antes de saltar a tratamientos de reproducción asistida invasivos, debemos preguntarnos si el terreno masculino está preparado. Reconocer su importancia no solo mejora las posibilidades reproductivas, sino que abre una oportunidad para intervenir antes, entender mejor el cuerpo y acompañar procesos que, durante demasiado tiempo, han pasado desapercibidos.